La nostalgia de un gamer

Para quienes crecimos entre los años ochenta y noventa, los videojuegos representaban mucho más que un pasatiempo facilitado por la hiperconectividad y los sorprendentes avances de las llamadas tecnologías de la comunicación y la información.

RETRO GAMING

Por David H. Rosales

3/18/20262 min read

A pesar de que más de una década nos separaba de los juegos de mundo abierto, con su innumerables misiones secundarias y encuentros aleatorios, y de las batallas en línea contra gamers del resto del planeta, un cartucho de Nintendo o una máquina de «arcade» bastaban para congregar a familiares, vecinos, compañeros de estudio o desconocidos alrededor de una pantalla.

Hace treinta años la experiencia gamer era mucho más social. A falta de conexiones en línea, se requería la presencia del padre, la madre o las amistades que tomaran el otro control. La solidaridad, la competencia, la alegría y la frustración se gozaban y padecían colectivamente en vivo y en directo.

Como no podía ordenarse o descargarse un título por internet, a menudo se visitaba a quien tenía el deseado cartucho de Nintento o Family. Un grupo de niños o de adolescentes se relevaban los mandos del personaje o animaban al valiente que se enfrentaba al temido «game over». No pocas veces el dueño del juego cedía el control al amigo más diestro o impasible.

Recuerdo haberme quedado tardes o días enteros de vacaciones en una casa ajena para ver cómo el mayor de los familiares de algún vecino trataba de llegar hasta el final de Las Tortugas Ninja (1989). Aquel momento de los explosivos acuáticos —a contrarreloj y tortuosamente difícil— nos hacía contener a todos la respiración. Daba la misma sensación de hallarse ante una tanda de penaltis.

El videojuego que no se tenía o que uno no se atrevía a jugar se convertía en una serie de televisión dirigida por quien sí se animaba a progresar, perder y comenzar desde el principio hasta vencer al último enemigo. No olvido las semanas durante las que fui testigo de cómo alguien pudo superar los cuartos de pruebas de Wizards and Warriors III (1992). También las caras de asombro de los cinco o cuatro niños que vimos por primera vez al dragón anterior al malvado hechicero Malkil.

De igual manera, a las casi desaparecidas salas de «maquinitas» no solo se iba a jugar, sino a exhibirse, si se había alcanzado el virtuosismo en algún juego, o a ser testigo de una exhibición de maestría. Había quienes aceptaban el reto de completar Street Fighter o Mortal Kombat con cualquiera de los personajes.

¿Cuántos en aquellas salas no nos entregamos a la fantasía de haber sido adultos en plena niñez? Nos imaginábamos en un casino donde perdíamos algunos pesos sin mayores consecuencias y donde agradecimos que gente más diestra nos revelara el final de varios juegos, sin sentirnos perdedores.

Aunque ahora sean muy pocos los videojuegos que no están al alcance de la mano, y la interactividad se caracterice actualmente por la inmediatez y la disponibilidad permanentes, a la mística de la infancia y a la socialización en torno a las consolas y máquinas de antaño debemos la pasión que nos mantiene gamers en la vida adulta.